Las primeras comprobaciones empíricas datan del periodo prehistórico Neolítico, era de la piedra, donde las civilizaciones comienzan a practicar el sedentarismo y la agricultura. Allí el registro de arqueólogos concuerda en el cultivo libre de cáñamo para armar cuerdas y chozas en el 10.000 a.C. Este es considerado el primero de sus múltiples usos.

Pero el cáñamo seguía dando utilidades. En el 2.000 a.C, atrás quedó la utilización de pieles animales para cubrirse. La cultura Yangshao (de origen chino) fue la primera en utilizar el cannabis para la creación de ropa, cuerdas y máquinas fabricadas a base de fibra cáñamo.

Pero no solo las civilizaciones asiáticas descrubían los diferentes usos que daba el cáñamo. Desde el poder, la historia pone a Shen-Nung como el emperador del Cannabis (3.000 a.C) quien documentó “los poderes” probados para contrarrestar los dolores de gota, reuma, estreñimiento, malaria, gripe, desmayos y la “debilidad femenina” como le llamaban al dolor menstrual. Importante destacar es que el uso de la planta de cannabis sobre heridas actuaba como calmante, lo que produjo que muchos guerreros consumieran Bhang, bebida a base de leche y cannabis, junto a otros frutos secos, previo a cada batalla. Sobre todo era muy deseada por el imparable Imperio Romano.

La cultura asiática sobre el uso del cannabis se fue expandiendo en las sociedades occidentales y  sobre el poder político, como Ramses III (1700 a.C.) quien testimonia sobre las propiedades del cannabis en varios papiros egipcios.

El uso medicinal luego se trasladó a India donde la planta se convirtió en sagrada y tomo el nombre de Ganjah, por la diosa Khali, denominación muy utilizada en América Latina en el siglo XIX. Ya en la Edad Moderna, el famoso médico irlandés William O’Shaughnessy (1808-1889) conocido como “el abuelo del cannabis” llevó la medicina verde a las habitaciones de la corona británica.

Casi como una Ruta de la Seda la cultura del cannabis se expandió de Asia a occidente, para luego llegar a América.

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