El desarrollo de la industria del cáñamo en América, tiene sus comienzos con el arribo europeo a la conquista de nuestras tierras, ya que no era un producto autóctono de los nativos americanos. Desde sus comienzos en Asia, pasó por Europa con un gran desarrollo industrial y arribó a las américas en las barcazas “conquistadoras”.

El portal Abc de España, afirma que en el monumento a Cristóbal Colon en las Ramblas de Barcelona diseñado por Gaietá Buïgas, se observan hojas y ramas de cáñamo. Se estima que en los barcos del primer viaje colombino había, al menos, 80 toneladas de cáñamo en forma de redes, cuerdas, velas y otros útiles. De no haber sido por esta planta es muy posible que el marinero genovés no hubiese llegado al Nuevo Mundo para los europeos, un mundo en desarrollo interrumpido para los americanos.

Además de los instrumentos de embarcación, los conquistadores tenían confeccionada sus prendas a base de fibra de cáñamo. Esta tela era imprescindible en la indumentaria de los navegantes ya que la fibra demostraba una resistencia alta al impacto del agua salada.

El médico e investigador madrileño, Pedro Gargantila, afirma en el portal ABC que en las bodegas de las embarcaciones había toneladas de semillas de cáñamo, que fueron usadas como alimento durante los meses que duró el viaje: “no fue mala elección, ya que contienen una elevada cantidad de fibra y una alta concentración de lípidos. Estas semillas son ricas en ácido alfa-linolénico y ácidos grasos omega-3, cuya función protectora cardiovascular está más que demostrada”.

Aunque no hay registro documentado, los historiadores coinciden en que fue Hernán Cortés quien, en un intento de levantar la economía de la Nueva España, importó la cannabis sativa e indica a América, entre otras plantas.

De los primeros registros que se tienen de la mariguana en México, se remonta a 1532, cuando el Rey Carlos V dio la autorización para que se enseñara a los indígenas a hilar y tejer el cáñamo. De acuerdo con el libro “La disipada historia de la marihuana en México”, de Juan Pablo García-Vallejo, los sacerdotes jesuitas fueron los primeros en difundir el uso medicinal de la planta en el noreste del país.

Siglos más tarde, en 1712, Juan Esteyneffer, jesuita alemán misionero en tierras americanas, afirmaría en su tratado Florilegio medicinal de todas las enfermedades que las semillas del cannabis se usaban contra la gonorrea, que los baños servían para regularizar el ciclo menstrual o para reducir la abundancia de leche después del parto.

En 1780 el filósofo, teólogo e investigador mexicano José Antonio Alzate, escribía sobre el uso que hacen los indios de los pipiltzintzintlis, del cannabis como uno tranquilizador y que podía utilizarse para el dolor muscular y de muelas.

También se han descripto otros usos como en la minería que se usaba para sacos, arpilleras y cuerdas, y en la vida cotidiana en las escobas, trapos, mechas de velas, camisones y pantalones. Además en el siglo XIII adquirió un nuevo desempeño, la producción del papel. Fueron impresas en papel confeccionado con esta planta la Biblia de Gutenberg (1455) y la Declaración de la Independencia de Estados Unidos (1776), entre otras.

En cuanto a Norteamérica, se tiene datos de que en 1611 el rey Jacobo I de Inglaterra hizo obligatoria la producción del cáñamo de marihuana en la colonia de Virginia. Como se ha mencionado, en esas épocas, el cáñamo era importante para la construcción de cuerdas de navegación y para el tejido. Tanto Massachusetts como Connecticut siguieron a Virginia, donde incluso la planta llegó a aceptarse como moneda de pago.

Pero luego de siglos de desarrollo industrial y medicinal en América, comenzó la era del prohibicionismo. Para comienzos de del Siglo XX, la marihuana ya se utilizaba para fumar combinada con el tabaco. Este ritual era muy común en trabajadores campesino primeramente y luego mutó, con la revolución industrial, hacia los obreros como costumbre al finalizar las largas jornadas laborales a los que eran expuestos.

En México, los esclavos originarios de África, al traer sus cultos y medicina-ritual a América, introdujeron a los indígenas en el uso del cannabis, así la marihuana se incorporó como medicina espiritual de los chamanes.

Después de a las curanderas, el cannabis alcanzó a los sectores más pobres de las zonas urbanas de la Ciudad de México. Durante la segunda mitad del siglo xix y principios del xx, en Estados Unidos y en México, el cannabis estaba disponible sin receta y se usaba para una amplia gama de dolencias, incluyendo la migraña y las úlceras.

En cuanto a Norteamérica, a principios de los años treinta, los migrantes mexicanos introdujeron la marihuana como una droga que se hizo popular entre los músicos de jazz de Nueva Orleans y de ahí se extendió a otras grandes ciudades.

Estas dos grandes motivaciones incitaron a los empresarios y políticos conservadores del gobierno de Estados Unidos para comenzar la era prohibicionista y expandirla por Latinoamérica para luego criminalizarla a nivel mundial: La frontera mexicana y las reuniones afroamericanas en el mundo del jazz.

El gobierno estadounidense, preocupado por la vertiginosa comercialización del cannabis, inició una campaña conocida como “reefer madness” (locura por el porro) para desacreditar su consumo. Así se originó la prohibición y con ella el mercado negro y, en conjunto, la corrupción. Hacia 1930, por “clichés”, se asoció el consumo de marihuana con sujetos capaces de cometer actos de delincuencia, y se creó la idea del envenenamiento de la juventud por su introducción en los colegios norteamericanos.

Marihuana, la historia:
El periodista Fernando Soriano, escribió en 2017 el libro Marihuana, la historia donde repasa una cronología del cannabis en sudamérica y dedica un interesante capítulo a la mirada industrializadora que tenía Manuel Belgrano para el desarrollo del cáñamo en la región:

Sería gracioso pensar que Belgrano era un “fumeta”. No es que quería tener el país lleno de porro, sencillamente porque es probable que desconociera los efectos psicoactivos. No existen registros que hagan creer que durante su formación en España el joven Manuel conociera que el hachís -cuyo uso es históricamente tradicional en la cultura árabe y por consecuencia territorial en la península ibérica- es la resina del cannabis. Y menos que lo hubiera probado. Lo que sí conocía bastante al detalle, gracias a su experiencia al otro lado del Atlántico, eran los beneficios industriales y comerciales de la planta y algo de su forma de cultivarla.

Aunque no lo cuentan las maestras en las escuelas, Belgrano imaginó una bandera celeste y blanca y también una tierra forrada de cannabis. Quería llenar el suelo del Virreinato del Río de la Plata con esas pequeñas semillas verde oliva, amarronadas. Desde 1786, cuando empezó su ilustración en Europa, donde estudió Derecho y forjó sus conocimientos en política económica, Belgrano captó rápidamente la posibilidad de un negocio redituable para el Reino. Y cuando en 1794 regresó a Buenos Aires para hacerse cargo, a perpetuidad, del Consulado de Comercio del Virreinato, el ciclo de la economía minera, que había monopolizado los siglos anteriores y vaciado de alma y minerales la zona de Potosí, estaba agotado. Por eso él apuntó su idea de progreso a la agricultura y, específicamente, a desarrollar la industria con el cultivo de lino y cáñamo, con la mira puesta en el comercio a través del Atlántico.

La revolución iniciada por Belgrano en su vuelta a casa fue integral. Como secretario del Consulado de Comercio de Buenos Aires, entre 1795 y 1809, escribió quince memorias. Hasta ahora sólo se conocen cinco. La primera, de 1796, se titula Medios generales de fomentar la agricultura, animar la industria y proteger el comercio de un país agricultor, y allí sentó las bases de su pensamiento. Al año siguiente, en 1797, registró el primer hito cannábico de la prerrevolución: Utilidades que resultarán a esta Provincia y a la Península del cultivo del lino y del cáñamo. Es una especie de manual, el primero registrado en territorio rioplatense, con sugerencias para los interesados en apostar al cannabis como negocio paradigmático. 

Belgrano hablaba en serio, por eso dedicó once páginas exclusivamente a “estas plantas tan útiles para la humanidad”, confeccionadas a partir de los conocimientos que había adquirido tras estudiar la producción de cáñamo en las regiones de Castilla, León y Galicia y la dedicación de leer mucho al respecto.

Las cosas nunca fueron fáciles para Manuel Belgrano. Y como un designio, nunca lo serían para la Patria que parió, y mucho menos para la historia de la planta de cannabis, en Argentina, como en tantos otros países. A pesar de su entusiasmo y de lo fundamentado que estaba su plan cannábico, el prócer se chocó contra la resistencia interna y externa. Desde adentro, los comerciantes colegas de su padre se opusieron a su plan. Los tristemente célebres monopolistas de Cádiz no querían liberalizar el comercio porque su negocio estaba en el contrabando que entraba desde oriente por Colonia del Sacramento, en el actual Uruguay. Y, aunque los Borbones cambiaron la categoría jurídica de las tierras americanas y las convirtieron en colonias que debían ayudar a España a superar el estancamiento, nada funcionó. Para la Corona no se necesitaba en el Río de la Plata pilotos ni barcos mercantes y, por lo tanto, tampoco desarrollar la industria cañamera.

España consideraba que las medidas de Belgrano favorecían la autonomía a partir de la competencia. Y por eso obstruyó las ideas del prócer revolucionario, a pesar de que le hubieran servido para afrontar su crisis. Ese bloqueo español sobre los planes de Manuel, que hasta esa época era un fiel funcionario de la Corona, no hizo otra cosa que anidar en su mente la posibilidad de escindir el territorio del poder y yugo coloniales. No faltaba mucho para la invasión de Napoleón a España, que pronto perdería legitimidad sobre los suelos americanos y ya no tendría a Belgrano de su lado.

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